Entrábamos al túnel oscuro e incierto de los años 90 del siglo pasado y sólo se hablaba del destino ineluctable de Cuba que, según los teóricos del fin de la Historia, no sobreviviría al colapso socialista de la URSS y el este de Europa.

De todas partes llegaban cronistas interesados en descifrar el misterio de la resistencia isleña. Los más serios. El resto sólo quería fotos de los edificios rotos y la pobreza material que avanzaba, asustándolos más a ellos que a cualquiera de nosotros, aunque el relato lo aderezaran testimonios criollos del impacto de las carencias.

Dos años después de iniciarse la década, se firmó la Ley Helms-Burton y la Asamblea general de la ONU comenzó a aprobar las condenas al bloqueo con sus resoluciones sin carácter vinculante, que siguen sin surtir efecto por lo que sabemos: a Estados Unidos no le importa lo que otros gobiernos acuerdan.

Fue en esos años que leí una crónica cuyo título no olvido: “Fidel Castro: El último caballero del siglo XX”. Así llamaba el autor al Líder de la Revolución cubana, apreciando sus exquisitos modales y el modo de enfrentar y responder a sus mayores críticos (que eran casi todos los políticos de la época), sin caer jamás en vulgaridades o descalificaciones ligeras.

Una noche de septiembre de 1990 visitó la redacción de Juventud Rebelde para explicarnos que habría un fuerte recorte en la prensa impresa. El papel se encarecía enormemente y había prioridades indiscutibles: la leche, por ejemplo. No mandó emisarios, ni carta con membrete. Se sentó a explicarnos lo que venía: en nuestro caso el tránsito de diario a semanario con la mitad de las páginas y tiradas más pequeñas.

No lo recuerdo ni alterado ni triste. Nos recomendó enviar al personal sobrante para los medios audiovisuales y jamás desatenderlos. Ellos seguirían cobrando por JR porque un día, no muy lejano, volverían a la redacción central a retomar la dinámica del diario.

“Si resistimos cinco años, salimos. Cinco años…” recuerdo que decía. El periódico debe guardar todavía el sobre manila en el que dibujó croquis de proyectos para el Parque Metropolitano y otros programas que lo animaban a pensar con un optimismo que le faltaba al resto.

Hay cientos de fotos de su intensa actividad durante esos años. Hubo días de tres o más discursos o intervenciones suyas, explicando y estimulando. Se hizo visitante asiduo del Blas Roca, los campamentos agrícolas con movilizados, los pedraplenes, los centros del polo científico, los hoteles en construcción para el turismo internacional. Nada más gráfico que una imagen suya compartiendo el almuerzo en bandeja con un grupo de movilizados en el muy popular entonces Paraíso (campamento) de la UJC.

Recorría barrios, centros de trabajo y obras en construcción indagando y respondiendo. Cuba entera era su tropa. Y con su tropa dialogaba de los temas más disímiles, incluyendo siempre una pregunta sobre qué leíamos.

Distinguía a las mujeres, no aceptaba las burlas profesionales, le ponía freno inmediato a cualquier intento de menoscabar en público la obra de alguien ausente. Y abría espacio en sus conversaciones lo mismo a un albañil que a un intelectual o artista famoso. Con especial delicadeza para con las mujeres, las personas de más edad y los niños.

Lo ví una vez cocinando a dirigentes de la FEU, tras un intenso Consejo Nacional. Revisaba que los spaghettis quedaran al dente y les retiraba los cuchillos de las mesas para que no se sintieran tentados a cortarlos. Para explicar por qué, fue mesa por mesa, como un padre o un abuelo que se empeña en trasmitir modales.

Sí, era todo un caballero Fidel Castro Ruz. Caballero en el sentido más respetable del término. La verdad por delante. Y sabía decirla de la manera menos dura posible, salvo que se refiriera al adversario histórico de la nación cubana. A esos, los acusaba sin tregua y sin miedo. Con las palabras más censurables y en los términos más duros. Al estilo de aquella valla en medio del malecón habanero y donde un cubano de Nuez le dice a los “señores imperialistas (que) no le tenemos absolutamente ningún miedo”.

Le indignaban la mentira y la vanidad, la cobardía y el vasallaje. Lo saben bien todos los mensajeros del imperio que intentaron arrastrar a Cuba a la ola neoliberal que en los 90 devastaría a Latinoamérica, profundizando la desigualdad social.

Después de asistir como periodista a dos Cumbres Iberoamericanas en las que el protagonista fue Fidel (Madrid 92 y Salvador de Bahía 93), entendí mejor por qué aquel periodista europeo que visitó a Cuba en ese tiempo calificó a Fidel como el último caballero.

Varios jefes de Estado y gobierno de la región actuaban como simples “correveidiles” de la vieja metrópoli y el nuevo imperio, dando recomendaciones a Cuba. Fidel, sin estridencias, pero con firmeza, les hablaba de valor, de compromiso, de ética revolucionaria. No podían entenderlo.

Pasó el siglo XX, entramos en el XXI, casi todos los pronósticos y las advertencias de Fidel se han cumplido o están en vías de cumplirse. Partió de este mundo invicto política y moralmente, pero no será el último caballero, mientras su arte de hacer política se aprecie y asuma como uno de los legados fundamentales de Fidel.